sábado, 30 de marzo de 2013

Felonías galopantes




Amados y amantísimos parroquianos, henos aquí otra vez, cual ave fénix renaciendo de la casi inerte ascua, trayéndoles pequeñas briznas de culturilla en literarias grageas digestivas. Pareciérade que la actividad de este virtual folletín se hubiera detenido, pero cómo abandonar la heroica labor que esta redacción se propone entrada tras entrada. Seguimos aquí, sí, escudriñando los vericuetos de nuestra hermosa lengua, aunque los quehaceres mundanos nos mantengan ocupados y no nos permitan dirigirnos a ustedes con la frecuencia deseada.

En la presente quisiéramos llamar la atención, en primer lugar, sobre las mocedades, la lozana y lampiña pubescencia, las nuevas generaciones de futuros pollinos que tomarán el relevo a nuestros cascados huesos y asumirán la regiduría de esta suerte de patera que es nuestro íbero terruño. Esos mancebos con estrafalarios experimentos capilares, con todo género de aretes y zarcillos repartidos en partes recónditas de sus anatomías. Esos petimetres de la modernura  que hacen de la mamarrachada estandarte y condición sine qua non de su devenir consuetudinario. Nuestros polluelos se embrutecen, queridos lectores. Adolecen, en preocupante mayoría, de los modales de un ganapán. Vagabundean errabundos sin ocupación provechosa, distrayéndose en el pillaje y dándose al malvivir. Baste pasearse un fin de semana, a las horas noctívagas, por sus lugares de reunión y esparcimiento, y observar en qué ocupan sus horas de asueto. Bebedizos espirituosos, pavoneos concupiscentes y cantares infernales son los principales entretenimientos de nuestra prole. Un despropósito.

Pero es que el ejemplo de algunos de sus mayores no es ni de lejos mejor. Observemos, en segundo lugar, a nuestros prebostes. La casta dirigente, no hace falta que yo lo diga, se encuentra enquistada de podredumbre. Son, hoy día, paradigma de la felonía, la vileza y la total ausencia de escrúpulo. Con ladinos procederes engrosan sus patrimonios a costa de mermar los de la ciudadanía llana. Son ésos, los que aprovechando retribuciones destinadas a un fin social montan el chiringuito del lucro y ordeñan a la vaca de las ubres de oro, los contables que ofrecen emolumentos sin declarar para enjalbegar así dineros de oscura procedencia, los que aprovechando su situación y contactos montan patéticas astracanadas obteniendo por ello pingües rendimientos, los que venden lo público a monto irrisorio para dejarlo en manos de sus correligionarios sin mostrar siquiera un leve atisbo de vergüenza o sonrojo. Otro despropósito. Y éste además indignante y oprobioso.

A unos y a otros, a los primeros y a los segundos, pudiérase aplicar el siguiente apelativo:

Galopín.
- Muchacho mal vestido, sucio y desharrapado.
-Pícaro sin educación ni vergüenza.
-Hombre taimado, astuto, de talento.

Y además, por el mismo precio, esclareceremos  algunos términos aparecidos más arriba que tampoco funcionan mal a la hora de adjetivar a esta recua de interfectos.

Taimado.
-Astuto, ladino y engañador.
-Obstinado, porfiado.

Ladino.
-Astuto, sagaz, taimado.
-Engañador y fullero.

Y en otro orden de significación:

Ganapán.
-Hombre que se gana la vida con trabajos eventuales que no requieren especialización.
-Hombre rudo y tosco.

Así pues, aquí les dejamos una buena ristra de apelativos con la consiguiente recomendación de que hagan ustedes uso de ellos. 

Y antes de la despedida, nos gustaría desde esta redacción agradecer efusivamente la inspiración para esta entrada a Don Lino Cañamón, a la vez que recomendar la visita a Mundo Rancio, la bitácora hermana que capitanea este insigne personaje, donde desgrana con elocuencia y rancia pluma la grotesca cotidianidad ciudarrealina.

2 comentarios:

Aí Dadá dijo...

Las nuevas generaciones son de apaga y vámonos...

Hombre Malo dijo...

Hay mucho galopín suelto por el orbe, pero aún no está todo perdido, esperemos.